Pañuelos rojos y sonrisas blancas

24 de julio. Doce del mediodía. Tudela, sus calles, sus gentes. Alegría. Un sol de justicia, pañuelos rojos y sonrisas blancas. Abrazos eternos, chiquillos a hombros, el estómago encogido por el amor a nuestra tierra y hasta lágrimas en los ojos por las fiestas que ya llegan. Tudelanos y forateros, unidos, como hermanos, en la fiesta de las fiestas: las que se esperan todo el año.

El jolgorio de las peñas, el ruido de las calles, la música en el alma, la piel de gallina con nuestro “¡Viva Santa Ana!”. El vino, agua desde los balcones, un sentimiento en la sangre, compartir las fiestas con tu gente, brindar por los días que vienen, por las noches eternas que duran un segundo y por todas las historias que quedan por escribir hasta el 30 de julio.

Los sentimientos no pueden explicarse, la inefabilidad de lo que se vive en Tudela es tal, que no basta con que te lo cuenten: rasgarse la garganta para cantarle a la Abuela, ahogarte en el olor a albahaca, correr delante de los cabezudos y sufrir con cada encierro. Merece la pena vivirlo, emocionarse con cada detalle, cada risa y cada grito.

Y es que ya lo dice la canción: ¡Ay, qué lindas son las fiestas de Tudela!

(texto cedido por Noemí Carbonell Pascual)

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